Cansado de la discusión con mi amigo Perecos en torno a su artículo “Sólo por nacer ya tienes problemas“, he decidido dejar de discutir y aportar. Para ello quiero compartir con todos vosotros mi experiencia personal como persona nacida en una familia católica.
Nací en el 78. Mi madre, educada en una familia católica y practicante, estudió Magisterio en la Universidad de Santiago de Compostela y empezó a trabajar (y ahí sigue todavía) en un colegio de religiosas en Bilbao. Mi padre, nunca fue muy practicante, supongo que la Iglesia que le tocó conocer, en los años 60 en la Galicia rural, no le debió parecer demasiado ejemplar. Además, desde muy joven, emigró a Francia y a Euskadi después para buscarse la vida, así que supongo que tuvo muy pronto preocupaciones más inmediatas que plantearse el hecho religioso en sí.
Me bautizaron en Basauri. Nadie me lo impuso. Nadie me preguntó. Mis padres lo hicieron porque creyeron que era lo mejor para mí. Al igual que no me preguntaron si quería apuntarme a Inglés o recibir clases de música. Perecos dice que nacer en una religión me crea problemas, me crea enemigos, me hace convertirme en objetivo de asesinos… Eso no me pasó a mí.
Mis padres me educaron en valores. Valores que mi padre reviste de humanidad: el trabajo, el compañerismo, la solidaridad, la constancia, la lucha, la integridad, la honradez; y mi madre matiza con el amor sin condiciones, la compasión, el perdón, la caridad y el sacrificio. Nunca me dijeron que era bueno hacer esto o aquello porque lo diga la Iglesia o Dios o Jesús. Nunca me adoctrinaron. Me intentaron enseñar como hacen los que saben que hacen lo correcto: con el ejemplo y la experiencia.
Pero nací y crecí en el seno de la Iglesia. Y aquí me refiero a la Iglesia como comunidad. Me eduqué en un colegio católico. Y allí conocí a muchas personas comprometidas que vertebraban su vida alrededor de su Fe. Y aunque yo dudaba de la existencia de Dios, y hasta pasé por una época profundamente atea, nunca dejé de admirar a estas personas que vivían su vida como servicio a los demás. Y nunca dejé de respetarlas.
Con 16 años me apunté a los grupos de jóvenes de mi parroquia. Lo hice voluntariamente. Nadie me obligó. Y lo hice porque la chica me gustaba estaba apuntada. Fue curioso, porque a las dos semanas de reuniones, la chica en cuestión desapareció y no volvió a venir. Cosas de la vida. Sin embargo, yo me quedé.
¿Por qué? Porque conocí a un grupo de gente de mi edad que aún hoy (16 años después, son mis amigos). Ayer celebramos el cumpleaños de una de ellas que ya es mamá y el viernes nos vamos a la despedida de otra que se casa. Porque en las reuniones, los monitores nos proporcionaban tiempo y confianza para hablar de temas que no hablábamos nunca. Hablábamos de amistad, de amor, de sexo, de violencia, de política, del sentido de la vida, del alcohol, de las drogas, del presente y del futuro. Y esos monitores, creyentes, dedicaban su tiempo, sus fines de semana, sus vacaciones a acompañarnos.
Desde ese día, he vivido 15 años de experiencias. Me confirmé, me hice monitor, entre en la JOC, salí de la JOC, fui catequista, toqué la guitarra, me enamoré, me desenamoré, organizamos convivencias, retiros, campamentos, actos sociales, manifestaciones, campañas, charlas, conocí gente, admiré gente, desprecié gente, me arrepentí, me desarrepentí, me dijeron que era el mejor, me dijeron que era el peor, me quisieron, me odiaron, me admiraron y me despreciaron. De todo un poco, vamos.
Y descubrí a Jesús, porque me dijeron que todo en lo que yo creía, en un mundo mejor y más justo, en un mundo perfecto, era lo que predicaba Jesús. Y yo no me lo creí. Porque ya sabemos lo que dicen de la Iglesia, y de las cosas que hace y ha hecho.
Pero investigué. Y lei. Lei durante muchos años. Y lei libros de religiosos y ateos, y muchos libros de templarios jeje. Y lei sobre la idea de Dios en las religiones y sobre los valores. Aprendí a diferenciar la Fe de los ritos. Los valores de las tradiciones y las verdades de las parábolas. Y redescubrí a Jesús. Me ayudaron, me ayudaron mucho. Mis padres, mis profesores, mis compañeros. No me adoctrinaron, no me convencieron. Me ayudaron a descubrir y experimentar la Fe. Me dieron su tiempo y su ejemplo.
Yo también di el mío. He pasado 15 años reuniéndome con los chavales todos los sábados del año. Más las reuniones para planificar, para preparar campamentos, para evaluarnos. He pasado todos los veranos dedicando mi tiempo y mis energías a los chavales. Y ha sido la Iglesia la que nos ha posibilitado estas experiencias. Mi parroquia me dio la mitad del dinero que necesité para ir a un campo de trabajo con niños huérfanos en A Coruña. La Iglesia nos llevó a trabajar a una residencia de ancianos en Balmaseda otro verano. La Iglesia nos prestó sus locales, sus medios y su acompañamiento para llevar a los chavales a hacer el Camino de Santiago, a atender en los comedores sociales de Bilbao. Con la Iglesia, concretamente con la Pastoral Obrera, fui todos los años a las manifestaciones del 1º de Mayo. Con la Iglesia colaboramos con Intermon durante años. Con la Iglesia preparamos actos para el día de la mujer trabajadora. Con la Iglesia colaboramos con las campañas asistenciales de Caritas. Y supongo que todos nosotros éramos también Iglesia.
A mí la Iglesia nunca me impuso nada. Ni yo, siendo parte de ella impuse nada. Perecos, puedes preguntarle a algunos de nuestros compañeros de Póker, si alguna vez les intenté imponer o adoctrinar.
Bla bla bla condones, bla bla bla inquisición, bla bla bla aborto, bla bla bla células madre, bla bla bla, Adán y Eva jajaja bla bla bla. Vamos a hablar en serio: ¿cuántas veces has recogido firmas para algo (y no cuenta reenviar un email)? ¿cuánto dinero has donado a los necesitados? ¿a cuántas manifestaciones has ido? ¿cuántas horas de tu tiempo has dedicado a los que no tienen nada? ¿cuánta ayuda has empaquetado para África? ¿cuántas tardes has pasado cuidando a personas en estado terminal? ¿cuántas veces has quedado con alguien a tomar un café porque estaba hundido? ¿cuánta paz has llevado a los que te rodean? ¿cuántas veces te has esforzado en sonreír cuando no te quedaban fuerzas? ¿cuántas veces has renunciado a tus cosas por dárselas a otro? ¿cuántas veces has regalado sin esperar nada a cambio? ¿cuántas personas te llaman cuando tienen problemas? ¿cuánta gente confía en ti? Esas son las preguntas que yo me hago. Esas son las cosas que me importan. Que me motivan y me impulsan. Y esas son las preguntas que a mí, en la Iglesia me han hecho cada día.
Con toda la humildad del mundo, os cuento todo esto para intentar que comprendáis lo herido que me siento cuando se generaliza. Lo profundamente dolido que me siento cuando oigo como se ridiculiza e insulta a los creyentes. Me entran ganas de llorar. De verdad. Entiendo que se critique a una persona por lo que haga o diga. Pero no soporto que se humille a toda una mayoría de seres humanos que con más o menos cultura, con mejor o peor educación, con mayor o menor inteligencia, creemos en Dios. Y no sólo creemos, sino que nos acompaña, nos guía y nos impulsa día a día.
Yo no considero a un musulman un enemigo. Para mí es un igual que vive su experiencia religiosa de otra manera. Yo no considero a un ateo un enemigo, para mí es un igual cuya educación y experiencias le han llevado a serlo. Y eso también me lo enseñaron en la Iglesia. Que todos somos únicos y distintos.
En mi experiencia, la Fe me ha unido a las personas. No son mis opiniones ni mis creencias las que me separan de otros. Son la intolerancia, la prepotencia y la incomprensión las que lo hacen.
No es la religión la que me trae problemas al nacer, son las personas.


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