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Inteligencia Colectiva

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DESDE ANGOLA, ÁFRICA: CARTA DEL PADRE SALESIANO MARTIN LASARTE AL NEW YORK TIMES
Abril, 2010

Querido hermano y hermana periodista:

Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero.

Me da un gran dolor por el profundo mal que personas que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en vuestro periódico, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… ¡Ciertamente todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo! Pienso que a vuestro medio de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños… No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU.

No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina; que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio.

Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a serum positivos… o sobretodo, en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.

No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región…Ninguno pasa los 40 años.

No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada criatura…

Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en la cual me siento ofendido.

Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza. Eso lo hará noble en su profesión.

En Cristo,

P.  Martín Lasarte sdb

Sólo por nacer ya tengo problemas

Publicado por Jo 22 - febrero - 2010
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Cansado de la discusión con mi amigo Perecos en torno a su artículo “Sólo por nacer ya tienes problemas“, he decidido dejar de discutir y aportar. Para ello quiero compartir con todos vosotros mi experiencia personal como persona nacida en una familia católica.

Nací en el 78. Mi madre, educada en una familia católica y practicante, estudió Magisterio en la Universidad de Santiago de Compostela y empezó a trabajar (y ahí sigue todavía) en un colegio de religiosas en Bilbao. Mi padre, nunca fue muy practicante, supongo que la Iglesia que le tocó conocer, en los  años 60 en la Galicia rural, no le debió parecer demasiado ejemplar. Además, desde muy joven, emigró a Francia y a Euskadi después para buscarse la vida, así que supongo que tuvo muy pronto preocupaciones más inmediatas que plantearse el hecho religioso en sí.

Me bautizaron en Basauri. Nadie me lo impuso. Nadie me preguntó. Mis padres lo hicieron porque creyeron que era lo mejor para mí. Al igual que no me preguntaron si quería apuntarme a Inglés o recibir clases de música. Perecos dice que nacer en una religión me crea problemas, me crea enemigos, me hace convertirme en objetivo de asesinos… Eso no me pasó a mí.

Mis padres me educaron en valores. Valores que mi padre reviste de humanidad: el trabajo, el compañerismo, la solidaridad, la constancia, la lucha, la integridad, la honradez; y mi madre matiza con el amor sin condiciones, la compasión, el perdón, la caridad y el sacrificio. Nunca me dijeron que era bueno hacer esto o aquello porque lo diga la Iglesia o Dios o Jesús. Nunca me adoctrinaron. Me intentaron enseñar como hacen los que saben que hacen lo correcto: con el ejemplo y la experiencia.

Pero nací y crecí en el seno de la Iglesia. Y aquí me refiero a la Iglesia como comunidad. Me eduqué en un colegio católico. Y allí conocí a muchas personas comprometidas que vertebraban su vida alrededor de su Fe. Y aunque yo dudaba de la existencia de Dios, y hasta pasé por una época profundamente atea, nunca dejé de admirar a estas personas que vivían su vida como servicio a los demás. Y nunca dejé de respetarlas.

Con 16 años me apunté a los grupos de jóvenes de mi parroquia. Lo hice voluntariamente. Nadie me obligó. Y lo hice porque la chica me gustaba estaba apuntada. Fue curioso, porque a las dos semanas de reuniones, la chica en cuestión desapareció y no volvió a venir. Cosas de la vida. Sin embargo, yo me quedé.

¿Por qué? Porque conocí a un grupo de gente de mi edad que aún hoy (16 años después, son mis amigos). Ayer celebramos el cumpleaños de una de ellas que ya es mamá y el viernes nos vamos a la despedida de otra que se casa. Porque en las reuniones, los monitores nos proporcionaban tiempo y confianza para hablar de temas que no hablábamos nunca. Hablábamos de amistad, de amor, de sexo, de violencia, de política, del sentido de la vida, del alcohol, de las drogas, del presente y del futuro. Y esos monitores, creyentes, dedicaban su tiempo, sus fines de semana, sus vacaciones a acompañarnos.

Desde ese día, he vivido 15 años de experiencias. Me confirmé, me hice monitor, entre en la JOC, salí de la JOC, fui catequista, toqué la guitarra, me enamoré, me desenamoré, organizamos convivencias, retiros, campamentos, actos sociales, manifestaciones, campañas, charlas, conocí gente, admiré gente, desprecié gente, me arrepentí, me desarrepentí, me dijeron que era el mejor, me dijeron que era el peor, me quisieron, me odiaron, me admiraron y me despreciaron. De todo un poco, vamos.

Y descubrí a Jesús, porque me dijeron que todo en lo que yo creía, en un mundo mejor y más justo, en un mundo perfecto, era lo que predicaba Jesús. Y yo no me lo creí. Porque ya sabemos lo que dicen de la Iglesia, y de las cosas que hace y ha hecho.

Pero investigué. Y lei. Lei durante muchos años. Y lei libros de religiosos y ateos, y muchos libros de templarios jeje. Y lei sobre la idea de Dios en las religiones y sobre los valores. Aprendí a diferenciar la Fe de los ritos. Los valores de las tradiciones y las verdades de las parábolas. Y redescubrí a Jesús. Me ayudaron, me ayudaron mucho. Mis padres, mis profesores, mis compañeros. No me adoctrinaron, no me convencieron. Me ayudaron a descubrir y experimentar la Fe. Me dieron su tiempo y su ejemplo.

Yo también di el mío. He pasado 15 años reuniéndome con los chavales todos los sábados del año. Más las reuniones para planificar, para preparar campamentos, para evaluarnos. He pasado todos los veranos dedicando mi tiempo y mis energías a los chavales. Y ha sido la Iglesia la que nos ha posibilitado estas experiencias. Mi parroquia me dio la mitad del dinero que necesité para ir a un campo de trabajo con niños huérfanos en A Coruña. La Iglesia nos llevó a trabajar a una residencia de ancianos en Balmaseda otro verano. La Iglesia nos prestó sus locales, sus medios y su acompañamiento para llevar a los chavales a hacer el Camino de Santiago, a atender en los comedores sociales de Bilbao. Con la Iglesia, concretamente con la Pastoral Obrera, fui todos los años a las manifestaciones del 1º de Mayo. Con la Iglesia colaboramos con Intermon durante años. Con la Iglesia preparamos actos para el día de la mujer trabajadora. Con la Iglesia colaboramos con las campañas asistenciales de Caritas. Y supongo que todos nosotros éramos también Iglesia.

A mí la Iglesia nunca me impuso nada. Ni yo, siendo parte de ella impuse nada. Perecos, puedes preguntarle a algunos de nuestros compañeros de Póker, si alguna vez les intenté imponer o adoctrinar.

Bla bla bla condones, bla bla bla inquisición, bla bla bla aborto, bla bla bla células madre, bla bla bla, Adán y Eva jajaja bla bla bla. Vamos a hablar en serio: ¿cuántas veces has recogido firmas para algo (y no cuenta reenviar un email)? ¿cuánto dinero has donado a los necesitados? ¿a cuántas manifestaciones has ido? ¿cuántas horas de tu tiempo has dedicado a los que no tienen nada? ¿cuánta ayuda has empaquetado para África? ¿cuántas tardes has pasado cuidando a personas en estado terminal? ¿cuántas veces has quedado con alguien a tomar un café porque estaba hundido? ¿cuánta paz has llevado a los que te rodean? ¿cuántas veces te has esforzado en sonreír cuando no te quedaban fuerzas? ¿cuántas veces has renunciado a tus cosas por dárselas a otro? ¿cuántas veces has regalado sin esperar nada a cambio? ¿cuántas personas te llaman cuando tienen problemas? ¿cuánta gente confía en ti? Esas son las preguntas que yo me hago. Esas son las cosas que me importan. Que me motivan y me impulsan. Y esas son las preguntas que a mí, en la Iglesia me han hecho cada día.

Con toda la humildad del mundo, os cuento todo esto para intentar que comprendáis lo herido que me siento cuando se generaliza. Lo profundamente dolido que me siento cuando oigo como se ridiculiza e insulta a los creyentes. Me entran ganas de llorar. De verdad. Entiendo que se critique a una persona por lo que haga o diga. Pero no soporto que se humille a toda una mayoría de seres humanos que con más o menos cultura, con mejor o peor educación, con mayor o menor inteligencia, creemos en Dios. Y no sólo creemos, sino que nos acompaña, nos guía y nos impulsa día a día.

Yo no considero a un musulman un enemigo. Para mí es un igual que vive su experiencia religiosa de otra manera. Yo no considero a un ateo un enemigo, para mí es un igual cuya educación y experiencias le han llevado a serlo. Y eso también me lo enseñaron en la Iglesia. Que todos somos únicos y distintos.

En mi experiencia, la Fe me ha unido a las personas. No son mis opiniones ni mis creencias las que me separan de otros. Son la intolerancia, la prepotencia y la incomprensión las que lo hacen.

No es la religión la que me trae problemas al nacer, son las personas.

Carta del padre jesuita Henri Boulad al Papa Benedicto XVI

Publicado por Jo 19 - febrero - 2010
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Desde diversos colectivos pastorales, de juventud y parroquias de la Iglesia de Bizkaia se está promoviendo una iniciativa llamada “Ya es la hora / Ba da garaia” para recoger firmas de apoyo a este texto, para que esta carta se convierta en una iniciativa real y transformadora de la Iglesia Católica. Os recomiendo su lectura porque es un análisis completo y aunque demoledor, es sus líneas podemos encontrar propuestas, soluciones y esperanza.

Os dejo aquí los enlaces a la carta de la iniciativa en euskera y castellano:

Cómo firmar esta iniciativa:

  1. Envía un correo electrónico a esta dirección badagaraia@gmail.com indicando: Nombre, DNI, referencia eclesial, localidad, email o forma de contacto y edad (si lo deseas).
  2. También puedes recoger firmas en tu entorno y enviar a la misma cuenta de correo los datos recogidos.
  3. También puedes enviar tus datos a este número de teléfono: 658 736 795

Santo Padre:

Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por “la libertad de los hijos de Dios” a la que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.

Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más.

Permítame en primer lugar presentarme. Jesuita egipciolibanés de rito melquita, pronto cumpliré 78 años. Desde hace tres años soy rector del colegio de los jesuitas en El Cairo, tras haber desempeñado los siguientes cargos: superior de los jesuitas en Alejandría, superior regional de los jesuitas de Egipto, profesor de teología en El Cairo, director de Caritas-Egipto y vicepresidente de Caritas Internationalis para Oriente Medio y África del Norte.

Conozco muy bien a la jerarquía católica de Egipto por haber participado durante muchos años en sus reuniones como Presidente de los superiores religiosos de institutos en Egipto. Tengo relaciones muy cercanas con cada uno de ellos, algunos de los cuales son antiguos alumnos míos. Por otra parte, conozco personalmente al Papa Chenouda III, al que veía con frecuencia. En cuanto a la jerarquía católica de Europa, tuve ocasión de encontrarme personalmente muchas veces con alguno de sus miembros, como el cardenal Koening, el cardenal Schönborn, el cardenal Martini, el cardenal Daneels, el Arzobispo Kothgasser, los obispos diocesanos Kapellari y Küng, los demás obispos austríacos y otros obispos de otros países europeos. Estos encuentros se producen con ocasión de mis viajes anuales para dar conferencias por Europa: Austria, Alemania, Suiza, Hungría, Francia Bélgica… En estos recorridos me dirijo a auditorios muy diversos y a los media (periódicos, radios, televisiones…). Lo mismo hago en Egipto y en Oriente Próximo.

He visitado unos cincuenta países en los cuatro continentes y he publicado unos treinta libros en unas quince lenguas, sobre todo en francés, árabe, húngaro y alemán. De los trece libros en esta lengua, quizá haya leído Usted “Gottessöhne, Gottestöchter” [Hijos, hijas de Dios], que le hizo llegar su amigo el P. Erich Fink de Baviera.

No digo esto para presumir, sino para decirle sencillamente que mis intenciones se fundan en un conocimiento real de la Iglesia universal y de su situación actual, en 2009.

Vuelvo al motivo de esta carta, intentaré ser lo más breve, claro y objetivo posible. En primer lugar, unas cuantas constataciones (la lista no es exhaustiva):

1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.

2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.

3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún -cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación- tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.

4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a esa “nueva evangelización” a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.

5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra “mística” no estaba mencionada ni una sola vez en “El nuevo Catecismo”. No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.

6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.

7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano… en una línea más evangélica.

8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista de una Iglesia “Mater et Magistra” está definitivamente desfasado y ya no sirve hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a tragarse cualquier cosa.

9. Las naciones más católicas de antes -Francia, “primogénita de la Iglesia” o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado, más fuerte es la reacción contra ella.

10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.

Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es doble:

- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.

- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?

A esto respondo:

- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.

- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.

- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: “No hay alternativa al Vaticano II”.

- ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a la política del avestruz y a esconder la cabeza en la arena? ¿Hasta cuándo evitaremos mirar las cosas de frente? ¿Hasta cuándo seguiremos dando la espalda, crispándonos contra toda crítica, en lugar de ver ahí una oportunidad de renovación? ¿Hasta cuándo continuaremos posponiendo ad calendas graecas una reforma que se impone y que se ha abandonado demasiado tiempo?

- Sólo mirando decididamente hacia delante y no hacia atrás la Iglesia cumplirá su misión de ser “luz del mundo, sal de la tierra, levadura en la pasta”. Sin embargo, o que constatamos desgraciadamente hoy es que la Iglesia está en la cola de nuestra época, después de haber sido la locomotora durante siglos.

- Repito lo que decía al principio de esta carta: “¡SON MENOS CINCO!” -¡fünf vor zwölf!- La Historia no espera, sobre todo en nuestra época, en que el ritmo se embala y se acelera?

- Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis.

- ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto? ¿Por qué no moviliza a todas sus fuerzas vivas para un aggiornamento radical? ¿Por qué?

- ¿Por pereza, dejadez, orgullo, falta de imaginación, de creatividad, quietismo culpable, en la esperanza de que el Señor se las arreglará y que la Iglesia ha conocido otras crisis en el pasado?

- Cristo, en el Evangelio, nos pone en guardia: “Los hijos de las tinieblas gestionan mucho mejor sus asuntos que los hijos de la luz…”

ENTONCES, QUÉ HACER?… La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una TRIPLE REFORMA:

1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.

Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso actual.

2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.

3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a articularlos con la vida.

Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal, demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior, una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día Jesús nos trate de “sepulcros blanqueados”?

Para terminar, sugiero la convocatoria de un sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el término “concilio”- que sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las conclusiones.

Termino, Santo Padre, pidiéndole perdón por mi franqueza y audacia y solicito vuestra paternal bendición. Permítame también decirle que vivo estos días en su compañía, gracias a su extraordinario libro “Jesús de Nazareth”, que es objeto de mi lectura espiritual y de meditación cotidiana.

Suyo afectísimo en el Señor,
Henri Boulad

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